15 September 2011

Herencia

No sé cómo hemos llegado hasta aquí. No entiendo esa sucesión de pequeños desastres que nos han conducido hasta esa situación. Lo único que sé es que no estoy orgulloso de ello, que no me identifico con lo que veo a mi alrededor, con toda esta situación que nos engulle y nos regurgita una y otra vez hasta que ni nosotros mismos nos reconocemos. No puedo pararlo, ni siquiera formando parte de ello. Es algo demasiado grande, demasiado monstruoso, demasiado perfecto, demasiado bien pensado, demasiado bien cuidado y engrasado. No basta con un empujón, con una zancadilla o un palo en los radios de las ruedas. No es tan sencillo. Y, sin embargo, cada vez me avergüenzo más.

 El caso es que el pequeño diablito de mi hombro no para de repetirme que, al fin y al cabo, no es culpa mía, o nuestra. Esto no lo fabricamos nosotros, no lo ideamos. Claro que al girar la cabeza me topo en el otro hombro con mi otro diablillo, que no es tal, sino simplemente que el ángel de ese lado un día cayó de bruces contra el duro acerado. Me giro, en fin, y veo a ese pobre ángel caído, a ese bueno-para-nada desilusionado, desengañado, hastiado. Lo miro y me avergüenzo. Es lastimoso que ese idealista, ese soñador, ahora no sea más que una sombra con plumas cenicientas y ojos grises que sólo reflejan el paisaje que tienen enfrente.

 Y me avergüenzo de esta vorágine que nos ha engullido, y de haber sido tan estúpidos como para habernos dejado arrastrar a ella sonrientes, lúcidos, felices, dejándonos embaucar a sabiendas.

 Te miro y suspiro, porque estamos aquí. Nunca habíamos estado tan solos los dos. Jamás nos habíamos visto tan desvalidos, tan fuertes, tan indefensos, tan seguros, tan culpables ni tan felices. Lloramos de alegría, sí, pero no sé si alguna de esas lágrimas son también de terror. No sé si parte de esos sollozos son una disculpa anticipada. Un intento de que nos perdone de antemano. Por todo.

 Tengo miedo. Mucho. Y siento vergüenza. Muchísima.

 Tengo miedo de lo que pueda pasar. De que lo más mínimo roce su piel, o incluso le mire mal. Y siento vergüenza por lo que ve aunque aún no entienda nada. Tengo miedo de lo que lo rodea, y de lo que lo va a rodear en un futuro. Y siento vergüenza porque esto era cosa nuestra. Nuestro único trabajo, nuestra única obligación. Esta era nuestra tarea, y la hemos incumplido. Simplemente sonreímos como bobalicones. Cuando tuvimos oportunidad de hacer algo, nos cruzamos de brazos. Y luego no valdrá rasgarse las vestiduras, ni echarle las culpas a la sociedad (gran invento para no asumir nunca nuestra propia culpa). Luego no valdrá encoger los hombros y pasar de largo.

 Así que esto es lo que hay. Él está aquí, con nosotros, haciéndonos los más felices del mundo... y nosotros, de regalo, lo soltamos ahí fuera. En esa jungla inhóspita que hemos fabricado entre todos. Y que sobreviva. De todas formas siempre se trató de eso, de sobrevivir a toda costa. Por mucho que lo adornemos, por mucha filosofía, literatura o colores que añadamos al lienzo, siempre ha sido lo mismo. Ahí está, desnudo a la intemperie. Y aquí estamos nosotros, solos, felices y asustados. Trayéndolo a un mundo que nos avergüenza, y esperando que él sí tenga el valor que nosotros no tuvimos para hacer algo. Para enmendar un poco el desastre que le dejamos en herencia.

 Un saludo.

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